Llegué a El Cuyo con una intención clara: descanso y relax. En mi juventud, ya pasé mis etapas de viajar como mochilera, y ya luego de ejecutiva, también me embarqué en cruceros y cuanto viaje de mayoreo. Lo hice todo y, como todas mis etapas, también las disfruté. Pero ahora puedo decirles que en este punto me siento como ese tipo de viajera que quiere dejar su teléfono y su laptop de lado y entregarse a la conexión con las personas del lugar, con la naturaleza, con personas que te cuentan historias reales, cercanas, y sin dejos de apariencias, sólo de compartir sus anécdotas. Y te conmueve ver cómo esas personas pueden ser tan dichosas en un sitio del que quizá jamás han salido, pero con el mar acompañando siempre sus vidas… Porque el mar todo lo cura, y en el mar todo es locura.

Muchas veces, para un viajero, los lugares visitados no son sus fechas patrias, ni sus fiestas tradicionales (que sí, también). No son sus atractivos turísticos, no son sus museos. Muchas veces, para el viajero dispuesto, los lugares suelen ser lo que nos hacen sentir; lo que revelan y sacan de nosotros mismos. Son las experiencias que vivimos y las personas que vamos encontrando –los vínculos-.

“Donde fueres, haz lo que vieres”, reza el adagio. Este pueblo, sin embargo, tiene un alma tan noble, que te deja ser quien eres, y te recibe de donde vengas, y te hace parte de su gente.

Me voy con el corazón abierto, agradecido, y con ganas de volver. Este lugar significa para mí una experiencia sanadora y transformadora. Y sé que cuando vuelva probablemente no estarán los mismos huéspedes, pero permanecerán los sonidos infinitos de la naturaleza que me maravillaron; los colores, los aromas, y los sabores que me despertaron.

Agradezco sus atenciones y recomendaciones, sus agradables cuentos alrededor de la mesa del patio. Definitivamente volvería. A sus espacios, su olor a madera fresca, a los sabores de su cocina que recuerdan un poco a casa por el cariño, por el esmero. Volvería a la calidez de sus sonrisas y la amabilidad en su trato, a la dedicación para que me sintiera tan a gusto; su integración con otros huéspedes y amigos locales. ¡Hasta a un cumpleaños me invitaron! Como si fuéramos amigos de toda la vida, como si fuera parte de su familia.

Volvería a este lugar que pone tus sentidos en calma y al mismo tiempo te los alborota. Para recordarte que estás vivo, y que fluyes como el mar, a veces en calma y serenidad, a veces mostrando toda su fuerza y su poder.

Volvería a este lugar, para contemplar la hermosura del cielo en cada faceta del día, una maravilla diaria que te hace cuestionarte cómo es que antes no te habías detenido a verlo cada día. Un pequeño lugar del que te vas con más confianza en el ser humano, porque además cuidan el ambiente con tanto empeño que es contagioso, te hace reflexionar y querer ser una mejor persona. Y hablando de reflexión, viene a mi mente esta frase: El Cuyo no es un lugar que descubres: El Cuyo es un lugar donde te descubres.

Gracias infinitas,

Marta.